La retirada de los sentidos

Me apago despacio a todo estímulo.

Una fugaz estrella sensorial que ya no es, ceniza de un cuerpo sin alas al tacto.

¡Ustedes hablan de aburrimiento con demasiada superficialidad!

Dicen aburrimiento y escucho eternidad blanca, un castigo sin ojos, sin piel ni nombre, una eternidad sin dolor, la retirada de los sentidos.

¿Puede entenderse que hablo de algo más?

¿Alguien advierte que hay detrás de cada imagen una extensión muerta, un asfixiante abrazo del vacío?

Tiene sentido que grite acaso ahora, en este templo tatuado de sonrisas y productos aislantes, donde tanto muerto habla de su condición de flamante Jefe de Ministros sin notar

   como

      cada

         una

            de

               sus

                  palabras

es devorada por un silencio distinto, un silencio tortuoso del que no hay retorno.

Cada palabra es envuelta por pilosas patas de araña con frialdad autómata.

El apagar de su sonido no es más que el hambre de las arenas movedizas del tiempo, creciendo.

Estoy aterrado por la idea de la belleza como última bufanda.

De la conformidad como mortaja de los sentidos.

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