Breve tratado sobre el tiempo del revés


Los relojes hacia atrás me dice Ara, que pasaría, lo primero que se me ocurre es que descebaríamos mate tras mate de un agua que se calienta, todo se calienta en realidad, al ritmo de una música espantosa que, si se escucha al revés, tiene mensajes armónicos igualmente incomprensibles.

Lo segundo es que desaprenderíamos, nos dedicaríamos a borrar infinitas hojas, chupando la tinta con las lapiceras (que para eso existen), dessurcando, alizando las hojas arrugadas del tacho de basura.

Los desorganizados ordenarían y los estrictos perderían la ubicación, aunque el caos siga siendo el caos.

Satán existiría para algún día ascender en llamas a un paraíso en el que lo primero que intentará es, de falluto nomás, destronar al imaginario redentor de Adán y Eva.

Al comer la manzana Eva se incrustaría en la caja toráxica de Adán, reduciéndolo a barro, a polvo, a viento.

El colibrí, según los palitos de la selva, sería la única ave capaz de volar hacia adelante, los autos tendrían cinco tipos de reversas.

Los árboles se esconderían progresivamente en la tierra, los humanos seríamos mamushkas y los pájaros agorafóbicos.

Los soldados serían maestros del balero, los ninjas ninjas, los padres malcriados, las monjas libértinas, los curas coherentes, los forenses reparadores de televisión, los obstetras tamponistas, la gravedad gravedad, la gravidez muerte, la muerte muerte.

El teléfono nos felicitaría la habilidad de atender intuitivamente las llamadas.

Y nos reiríamos del absurdo tiempo del revés, donde la muerte es tan distinta del orgasmo, donde el fuerte se come a los otros y no les da vida, donde somos cada vez menos niños, más cosa vieja, más templo, menos cuna, donde ser es romper y deshacer tan dificil.

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