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La tele es un acuario pútrido.
Rémoras rítmicas, alimentándose de los restos de la era.
Y yo soy un desperdicio de energía. El ser óptimo requiere menos alimento porque ejerce menos el raciocinio.
Abrazar la vida plana es morir de aburrimiento.
Estirar la vida hasta que quede desteñida e insulsa como un chicle. Esa es la propuesta.
Apagar los dolores, el hambre, cualquier rastro de humanidad. Ser un par de ojos sin nada más en la cara que nos diferencie o comunique.
En ese silencio estructural, la mínima perturbación electrónica lo único que hará será retumbar infinitamente para ningún oído.
Una red sólida de cientos de ojos hiperexitados y una única gónada cebosa, chorreante tocada por mecanismos aún más repugnantes.
La gónada no tiene válvula de escape, los ojos se saturan del mismo pseudo-esperma que generan.
Y estallan en una colosal negación de la individualidad, y realizan el ritual reproductivo que ya es costumbre en los hongos.

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