No se puede perder el tiempo
No se puede perder el tiempo.
La mejor forma de comprobar esto es, claro está, intentar perderlo.
Voy a intentar perder tiempo explicando por qué no se puede perder tiempo.
Digamos que tengo tiempo, lo cual es raro, porque si lo tengo, ¿dónde está?
Vos dirás ‘es una forma de decir’
Y yo te diré que ‘todo lo es’
Y yo te diré que ‘todo lo es’
Y que esta forma de decir nos confunde. Mucho.
Es parecido a tener tierra.
No tenemos tierra, estamos en la tierra.
No tenemos tiempo, estamos en el tiempo.
Pero ‘tengo tierra, mirá la escritura de mi casa’ vos me dirás
‘¿y cuál es la escritura del tiempo?...’ te voy a preguntar
y no te voy a dejar reaccionar ‘...los horarios, la agenda y el plan’.
‘¿y cuál es la escritura del tiempo?...’ te voy a preguntar
y no te voy a dejar reaccionar ‘...los horarios, la agenda y el plan’.
Recién ahí “tenemos” tiempo, cuando le ponemos fronteras, ámbitos, plazos, no antes.
Es un tiempo distinto, extendido, pesado, un tiempo latente, imaginado, reservado, estructurado, útil, muy útil.
Útil siempre y cuando no lo “pierdas”, es decir, siempre y cuando orientes el tiempo real (el único instante en el que estás parado) en pos del tiempo inventado.
'Pero si yo he perdido tiempo'
'¿y cómo sabés?'
'hoy estaría en otro lado, mejor'
'¿y cómo sabés?'
'hoy estaría en otro lado, mejor'
Y esa es la forma más dolorosa de inventar tiempo, tiempos paralelos, tiempos perfectos, tiempos tan deseables como inaccesibles: los qué-hubiera-sido-si.
Pero no te preocupes, no tenemos tiempo, estamos en el tiempo.
No tenemos tierra, estamos en la tierra.
Y hay una sola forma de dejar de estar en la tierra: saltar.
Y por suerte hay más de una forma de no estar en el tiempo.
Están ahí, acá, ahora.
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