Amar al Bar
Un perdedor puede fluir en el silencio con algo que no cuadra como habilidad, usando las palabras de quinientos idiomas que aprendió mientras los demás saltaban.
Quinientos idiomas que nadie habla.
Un perdedor tiene una sombra volumétrica hecha de quinientas sombras infinitesimales, una atrás de la otra, y tiene la carne blanda y es flexible, su abrazo es otra forma del agua.
Un agua de cloaca llena de monedas temidas por las madres.
Un perdedor destila un sudor reconocible y repelente, que en realidad es un afrodisíaco hiperespecífico, un filtro.
Un perdedor sabe que lo literal no puede ser en serio, que nada es del todo cierto ni durará, que las botellas están siempre llenas.
Un perdedor se empecina en vaciar las botellas que sabe siempre llenas y se desencanta de las obras maestras y de ser el bar que una vez no aprendió a amar.
Es que hay que amar al bar, y un poco por esto el perdedor no lo amará.
Porque la victoria será un instante, y la derrota todo lo que venga después.
El perdedor no conoce a la derrota, es ella quién vendrá por el perdedor.
Lo encontrará borracho y gris, rodeado de fulanas, lo sentará en la silla, le acomodará las solapas con ternura, y pedirá por única vez que cuente toda la historia desde el principio, hasta vaciar las botellas.
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