Carta para Dolina

Estimado Alejandro:

Lamento comunicar que le he escrito.

Lo lamento por una serie de razones pero también por otras.

En primer lugar uno debería escribirle a alguien que conoce, o que desea conocer, o al menos para hacer una consulta, un planteo. Yo carezco de cualquiera de estas motivaciones, por no decir que carezco de motivación alguna.

Sería muy útil haber escuchado alguna vez su programa completo para escribir una carta nutrida y certera. Al menos sería políticamente correcto saber de antemano la dirección a la que enviaré estas palabras, presentarme, no sé, construir.

Algo parecido a lo cierto es que no sé construir. Verá, mis ladrillos son muy blandos, no soy muy ducho en las proporciones de la mezcla, y así no tengo experiencia posible.

Hubiera sido más fiel, y menos decoroso, decir que no aprendo a construir, porque construir... construyo cosas. Cosas que son, una y otra vez, esta carta.

Me he topado con la idea de usted, no una sino varias veces, por casi todo medio sensible y no, no se alarme, no es que pretenda completar la lista.

Sólo me pareció advertir en esa idea mi propia inhabilidad, la imposibilidad de hacer pie, y tuve la melancolía pronta para mandarle a decir al niño que fui, en aquel tanque de agua nocturno de las sierras de Córdoba, que habría un espacio y un tiempo en el que sería propicio construir sin haber aprendido.

Me pareció justo, en un delirio de equilibrio cósmico, que se topara usted con la idea de mí, cosa que a esta altura ya considero de lo más descabellada.

Sinceramente,

Nahuel Marcionni

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